Aprovecho la noche para escribir y leer; es su mejor momento. Otras veces, en cambio, me voy a la milonga, a bailarme unos tangos. Pero hay algo que siempre me llamó la atención: esos que van entre semana, todos los días, como si no pudieran faltar ni aunque los amenacen con una itaca. Entonces aparece el de siempre, el que pregunta, como si uno tuviera la respuesta:
—¿De qué vive este tipo? ¿A qué hora se acuesta? ¿No tiene que laburar mañana?
Y yo contesto:
—¡Yo qué sé, hermano! ¿A mí me preguntás?
Y me quedo igual que él, rascándome la barbilla, pensando cómo hará ese tipo para bancarse los caprichos del organismo y, como yo, quedarse hasta cualquier hora en la milonga. Una buena trasnochada.
La verdad es que cualquier cálculo imaginario sobre sus ingresos es una misión estúpida, porque seguro que el chabón tiene tarjetas mágicas de todas las milongas, me refiero a ésas que abren las puertas con su sola presencia.
Suelen ir de sport y tienen una mirada turbia, posiblemente provocada por andar siempre por las noches. Están sentados a sus mesas con un agua mineral, a veces una cerveza. Gastan poco y bailan suavecito, como guardando energías para otras noches, o para la próxima noche que, saben, será la siguiente. Por tarde que se vayan, se sospecha que estarán en otra milonga, al otro día, puntualmente. Nunca llegan muy temprano y se van bien tarde, cuando ya casi no queda nadie. Conocen a todos y pocos los conocen a ellos. En este punto hay que reconocer una habilidad muy interesante.
Sin embargo, seguramente laburan como el que más, porque el bailongo, quieras o no, te exige algún dinerillo, por lo menos para un refresco luego de la tanda de milongas de D'Arienzo. Pero, nadie sabe de qué laburan estos magnates del tango. Lo que pude afirmarse es que, sin ellos, el encanto de la milonga entre semana no sería tal, y los salones, verdaderos templos donde uno pude ir a orar cualquier día, podrían convertirse en páramos sombríos. Debemos venerar a aquellos que con su esfuerzo calavérico aportan la presencia necesaria para que una noche cualquiera, un energúmeno pueda chillar preguntándose: ¿Y éste? ¿De qué vive?
Porque en la milonga, incluso el que pierde… vuelve.
Hugo Cella
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