domingo, 3 de mayo de 2026

TANTO VA EL CÁNTARO A LA FUENTE

Siempre hay una primera vez. Hasta para encontrar a aquella papusa, o mina, o percanta, o naifa que luego nos desvelará varias noches seguidas o alternadas, según el caso. ¿Qué cosa el tango, no?

Hubo una primera vez y una señorita que entre risecitas y ademanes modosos hizo perder la línea a un hombre de corazón sensible. Y aquella primera vez ocurrió, la viste en esa milonga que olía a jazmines. Con la vista invadida por el encanto, surcaste el espacio que mediaba entre ella y vos. Sin saberlo, te instalaste muy cerca. Ella bailaba y no te veía. ¡Qué te iba a ver, si estaba en lo suyo! Y vos, o mejor dicho, tus ojos y tu imaginación o tus sueños, volando, planeando por los cielos de una ilusión artera.

La noche, esa amiga temporal y a veces traidora, se fue antes de lo que hubieras querido, pero, ¿qué le va'cha'ché? Nada se pierde, dicen las leyes de la química.

¿Pasó una semana? Tal vez fueron dos. En esas circunstancias, el tiempo es inasible, (en realidad, en cualquier circunstancia lo es). El asunto es que no te acordaste de ella ni de su cara, ni de cómo bailaba, es más, en esas dos semanas, te milongueaste todo. Y resulta, que cuando menos lo esperabas, en aquella otra milonga que no tenía nada que ver con la anterior, ¡zas! Apareció otra vez. Como si tu propio deseo la hubiese transportado hasta vos. ¡Ahí está, gil! ¡Es ella, nuevamente! Pero, claro, compromisos son compromisos y vos tenés que bailar con esa mujer que tantas veces te bancó mientras aprendías. Y mientras bailás con una, mirás a la otra, ¡que feo, che! Pero, en fin, cuando termine la tanda... Si se vienen unas milonguitas... quién te dice... La esperanza tiene ese mágico don de la felicidad a futuro.

Pero resulta que no pasó nada, al llegar a la mesa, te dio charla tu amigo, ¡qué cosa bárbara! Cuando quisiste acordar, páfate, la sacó otro. ¿Pispeaste la mesa de ella? Claro que sí. Está sola, bah, sola no, está con unas amigas, que para vos es como si estuviese sola. ¿Y si encarás en el intervalo? No, no, queda fule. O queda fule o no te animás, bien sabido es que la cobardía oculta su razón en la supervivencia. Además, por ahí la mina se engrupe y después ¡andá a sacarla de esos humos! Habrá que esperar, aunque claro, después vinieron los movidos, la música que no te gusta bailar, y después estabas en el baño y cuando saliste, ¡si habrá destinos fatales! La señorita en cuestión se las picó. Si, si, se fue, y quedaste pagando. Pero no te desesperes, no olvides que el desconcierto es la falta de sapiencia. Otra vez será, te dijiste, y con la cabeza bien erguida, encaraste para la calle.

Bueno, ya se sabe, después vino la semana de laburo, uno se olvida, anda de aquí para allá, que un presupuesto, que un banco, la reunión de los machos, (¿vos no tenés tu reunión de los machos?), y uno se olvida.

Sin querer, una noche entre semana, te largaste a una milonga de contrabando. Al otro día había que levantarse temprano, pero, una cana al aire ¿a quién daña?

Viste una cabellera grácil que se meneaba deslizándose por los hombros. La viste desde atrás y te gustó, no sé, ese cabello, el empilche, el porte, ¡vaya a saber!

- ¿Bailás? - la abordaste desde atrás. ¡Y el sorprendido fuiste vos! Porque cuando se dio vuelta era ella. ¡El sueño del pibe! ¡Jugar en primera!

Tragaste saliva y saliste a la pista. Te temblaba hasta lo que no puedo decirte porque escrito suena feo.

Terminó la tanda y la dejaste ir como el agua. ¿Qué te pasó? Muy simple. El miedo no es sonso, dicen. Pero, no sufras. El hombre sólo escapa de lo que desconoce y por lo tanto teme. Mañana o pasado, andá a saber, una noche libre de sospechas, en la milonga más inocente, la encontrás otra vez. Y ahí sí, no te para nadie. Le explicás que sos el más langa entre las langas, le batís tu pedigré y le señalás el camino de la felicidad. ¡Vamos! ¡Levantate! ¿No ves que te está esperando? Y cuando la encuentres, ya sabés, tarareále: Agitando el cubilete con los dados del cariño, comenzó la generala pasional de nuestro amor....

Metéle, chabón, ¡que el asado está en la parrilla!

Porque en la milonga, incluso el que pierde… vuelve.

 

Hugo Cella

LOS INSATISFECHOS DE SIEMPRE

Estaba disfrutando de la mejor música del universo —que sabemos que es el tango—. No tenía ganas de bailarla, quería escucharla, a veces vale más escuchar que bailar, a veces parece que llega más al alma si uno cierra suavemente los ojos y se deja arrastrar en esa melodía apabullante. Bueno, pero este no era el asunto, decía que estaba disfrutando con mis oídos, cuando pasó un pelafustán —de esos que nunca faltan— cerca de mí, refunfuñando: ¿Otra vez Di Sarli? Pero, ¡si ya lo pasaron, viejo! ¡Qué pesados! Y ahí apareció el asunto. Lo miré y comprendí que se trataba de uno de esos insatisfechos de siempre. Quiero decir, que en toda ocasión encuentran algo que les va a molestar. Ellos siempre hallan la manera de estar inconformes. Tienen, también, otras frases a flor de labios, por ejemplo, aquella noche que al término de algunos tanguitos pasó otro por mi lado y comentó: Mamma mía, pensé que esta tanda no terminaba más, mordiéndose el labio inferior y señalando con los ojos, a la dama que había compartido con él, la pista de baile. Pensé: ¡Pobre señorita!, ni debe saber lo que este energúmeno me dijo, o piensa, ¡y ella debe estar tan feliz con la tandita que se bailó!

Estos seres incorregibles no merecen ni una pizca de la felicidad que puede otorgar el tango, sólo por el hecho de ser tan pusilánimes.

Además, en cada ocasión encuentran, como suele decirse, el pelo en la sopa, aun cuando el cocinero fuese calvo.

Ellos se quejan en verano porque hace mucho calor y al bailar se transpira, en invierno porque hace mucho frío y no pueden entrar en calor los músculos, cuando la pista está llena, no hay espacio, pero si está vacía, no hay clima, si hay media luz, el tango se baila con buena iluminación, si hay mucha luz, no se logra la concentración necesaria. Si la mujer es alta, se escapa por arriba y es imposible manejarla, si es baja se escapa por abajo y se pierde postura, si la señorita baila mal, es un mueble, si baila bien, hace lo que quiere.

La lista es insoportablemente tediosa y la paciencia de agota cuando uno tiene que escuchar todos estos argumentos con el correr de las milongas y los tangos.

¿Qué quiere que le diga? A estos tipos habría que detectarlos en la puerta de los salones y recomendarles que vayan a bailar a la iglesia, o a llorar a otro bailongo. No merecen la energía que flota en el ambiente tanguero, han nacido para estar incómodos a donde vayan y con quien sea.

En una de aquellas oportunidades —que para desgracia propia son muchas— conocí a un tipo que al salir de la milonga estaba más abatido que antes de haber ingresado. Pensaba yo, entonces, y lo pienso ahora: ¿Para qué iba el papafrita ése al bailongo? Si se quedaba en la casa se amargaba menos. O por ahí...

En fin, es muy difícil estar en la cabeza de un amargado. Es gente que no sabe que la vida, además de bella, ¡es corta! Y que bailar el tango no es un partido de truco o un trámite bancario; sino la felicidad hecha movimiento que dura lo que la misma felicidad, ¡tres minutos! Estas personas son una especie de traidores de la alegría y del placer, son ingratos —e ingratas que también las hay— de las pequeñas ilusiones que la vida nos presta por un ratito.

Sin embargo, creo que al final, no obtienen de la milonga lo que ésta puede ofrecerles, y ése es un punto a favor para los que disfrutamos de unos buenos tangazos porque, recuerde siempre: "...el destino que es criollazo, justiciero y vengador, ha de darlos contra el piso a la ingrata y al traidor..."

Porque en la milonga, incluso el que pierde… vuelve.

 

Hugo Cella

LOS QUE SE QUEJAN SON LOS OTROS

Aprovecho la noche para escribir y leer; es su mejor momento. Otras veces, en cambio, me voy a la milonga, a bailarme unos tangos. Pero hay algo que siempre me llamó la atención: esos que van entre semana, todos los días, como si no pudieran faltar ni aunque los amenacen con una itaca. Entonces aparece el de siempre, el que pregunta, como si uno tuviera la respuesta:

—¿De qué vive este tipo? ¿A qué hora se acuesta? ¿No tiene que laburar mañana?

Y yo contesto:

—¡Yo qué sé, hermano! ¿A mí me preguntás?

Y me quedo igual que él, rascándome la barbilla, pensando cómo hará ese tipo para bancarse los caprichos del organismo y, como yo, quedarse hasta cualquier hora en la milonga. Una buena trasnochada.

La verdad es que cualquier cálculo imaginario sobre sus ingresos es una misión estúpida, porque seguro que el chabón tiene tarjetas mágicas de todas las milongas, me refiero a ésas que abren las puertas con su sola presencia.

Suelen ir de sport y tienen una mirada turbia, posiblemente provocada por andar siempre por las noches. Están sentados a sus mesas con un agua mineral, a veces una cerveza. Gastan poco y bailan suavecito, como guardando energías para otras noches, o para la próxima noche que, saben, será la siguiente. Por tarde que se vayan, se sospecha que estarán en otra milonga, al otro día, puntualmente. Nunca llegan muy temprano y se van bien tarde, cuando ya casi no queda nadie. Conocen a todos y pocos los conocen a ellos. En este punto hay que reconocer una habilidad muy interesante.

Sin embargo, seguramente laburan como el que más, porque el bailongo, quieras o no, te exige algún dinerillo, por lo menos para un refresco luego de la tanda de milongas de D'Arienzo. Pero, nadie sabe de qué laburan estos magnates del tango. Lo que pude afirmarse es que, sin ellos, el encanto de la milonga entre semana no sería tal, y los salones, verdaderos templos donde uno pude ir a orar cualquier día, podrían convertirse en páramos sombríos. Debemos venerar a aquellos que con su esfuerzo calavérico aportan la presencia necesaria para que una noche cualquiera, un energúmeno pueda chillar preguntándose: ¿Y éste? ¿De qué vive?

Porque en la milonga, incluso el que pierde… vuelve.

 

Hugo Cella

TANTO VA EL CÁNTARO A LA FUENTE

Siempre hay una primera vez. Hasta para encontrar a aquella papusa, o mina, o percanta, o naifa que luego nos desvelará varias noches s...